"Necesitamos surrealistas para organizar renovación
artística". Así rezaba un anuncio aparecido
en la prensa guipuzcoana en abril de 1978. Y no iba de broma.
O, por decirlo mejor, era una broma pero que muy seria. Tres
estudiantes del barrio del Antiguo decididos a encender una Revolución
contra los Versalles culturales donostiarras y sus pelucones,
ya fuesen orgánicos como inorgánicos, eran responsables
del llamamiento. Aunque hoy parezca mentira, cosas así
pasaban en aquellos años. Discurríamos por eso
que se ha dado en llamar la Transición: un tiempo violento
y desconcertado, alentador e incrédulo; un tiempo con
cara de huevo del que se especulaba si lo que con tanto esfuerzo
incubaba era un polluelo, una lagartija o una serpiente. La contribución
de Cloc que así se llamó el invento nacido
de aquel anuncio por palabras, al que por cierto nadie respondió
fue hacer del huevo una piñata y liarse a varapalos contra
ella con la insolente esperanza de que abortase un charco de
espejos o una arrebatiña de versos o una pedorreta de
sueños o cuanto a la imaginación en caída
libre se le antojase. Una Revolución Surreal e Irreal,
Revolución armada con la guillotina de sus juveniles desvergüenzas.
Una Revolución en zapatillas.
 Aramburu, Del Hoyo y Bermejo
en una de las fotos que les hicieron para la entrevista en Unidad,
en octubre de 1978.
Si justo una década antes
los jóvenes libertarios descubrían ufanos que bajo
los adoquines estaba la playa, los Cloc de Mayo del 78 iban más
lejos y se preguntaban qué diantres habría bajo
la playa (la de Ondarreta,
claro). A estas y otras indagaciones dedicaban sus des/composiciones
literarias recogidas en la revista Cloc, Arte y Desarte. Por
entonces las revistas literarias abundaban en proporción
semejante a las de informática en nuestros días,
pero la de los Cloc siempre tuvo un aire especial; empezando
por su presentación, ácrata y rigurosa, exquisita
y brutal, en desvaídos folios fotocopiados en empresas
de amiguetes o en la misma sede central del Gobierno Vasco (entonces
Consejo General Vasco), donde los activistas se infiltraban con
nocturnidad y alevosa expresión de chicos buenos para
aprovechando que aún no se había inventado
la ertzaintza hacer una tirada clandestina a cargo del
presupuesto preautonómico. Aquellas piezas de convicción
luego se regalaban o se intercambiaban con colegas de Lesaka,
Don Benito o San Cugat, menos unos pocos ejemplares que se vendían
al precio de 50 pta en el kiosko de Justo de la Avenida. Por
este medio fue tejiéndose un trama de relaciones líricosubversivas
que al cabo de los meses culminaría en ediciones periféricas
de Cloc-Navarra, Cloc-Madrid, Cloc-Barcelona...
Pero al margen de fulgores literarios,
que no cabe duda de que los tuvo, no es por la revista por lo
que se recuerda a Cloc. Lo que verdaderamente atizó la
fama de este grupúsculo de agitadores fueron sus acciones
públicas, provocadoras denuncias contra la bovina aceptación
de los modelos de arte, de política y de fe a través
del ataque directo a algunas de sus obras y a los santones del
poder cultural. Nada ni nadie quedaba libre de los sarcasmos
de esta banda que osaba pintar un
pijama rayado sobre el aclamado "Peine de los Vientos"
de Chillida, concursaba en un importante certamen literario con
varios poemas de Pablo Neruda (¡y quedaban en segundo lugar!),
fracturaba el pétreo hueso nasal del busto de un escritor
local, procesionaba por el centro de San Sebastián granizando
miles de esquelas mientras hacían tremolar una bandera
americana, reventaba tertulias y actos literarios, o lanzaba
una denuncia a pluma calada contra las "actividades culturales"
(sic) de la Fundación Sabino Arana.
Claro está que todo ello
hubiera tenido una repercusión muy limitada si los medios
de comunicación no se hubiesen prestado a dar cancha a
sus títeres de papel con los que alimentaban falsas polémicas
a favor y en contra de sus propias acciones, ni a publicar las
noticias que regularmente les remitían (con titulares
de este tenor: «La pasada madrugada CLOC asesinó
a Jerónimo Inchusta. Le golpearon brutalmente con un quinqué
de plomo obtenido en una rifa»; «CLOC construirá
una quisquilla de magnesio Recibirá el nombre de Juana
Lopetegui»; «Trágico balance para un número
póstumo de CLOC. Alvaro Bermejo y Fernando
Aramburu asesinados en Nanterre»). Pero aunque ciertamente
hubo excepciones, como la suspensión en Radio Popular
del serial radiofónico "El capitán Garaicotrueno,
coraje y valor a punta pala" después de una irreverencia,
o el cierre de la sección "Clocarata" en La
Voz de España cuando sólo llevaba dos entregas,
cierto es que esto, en vez de debilitarlos, reforzaba esa imagen
de enfants terribles que tan bien les cuadraba.

Autorretrato imaginario de Martínez
de las Rivas en un café de San Petersburgo con una señorita. |

Álvaro Bermejo: Retrato
de antepasados con tintas sobre papel.
|
 El pintor y la modelo.
Dibujo de Aramburu con ceras sobre papel.
Aquella aventura, como todas
las aventuras vividas con juvenil intensidad, fue efímera
y terminó en desencuentro. Quiero pensar que los Cloc
empezaron a sentirse (¡pobres!) "hombres hechos y
derechos" y decidieron que lo más juicioso era seguir
desbrozando el camino en solitario. Aunque me queda la duda de
si su disolución no fue el enésimo y definitivo
disparate colectivo. El caso es que Fernando Aramburu marchó
a vivir a Alemania, donde es profesor de español; su particular
búsqueda del tiempo perdido dio como resultado una espléndida
novela, Fuegos con Limón (Tusquets, 1997), que
se inspira en las andanzas de Cloc. Alvaro Bermejo es hoy uno
de los novelistas vascos con más galardones literarios.
José Félix del Hoyo se dedica a la docencia en
Alicante y sigue jugando al ajedrez, su perpetua pasión.
José Francisco Irazoki (Zoki), Juan Martínez
de las Rivas, Julián Peña y Félix Maraña,
también han crecido y se han multiplicado literariamente
por el mundo. La mayoría de ellos recuerda con cariño
los días de vino y broncas (pero alguno hay que aún
se ofende cuando le recuerdan que de niño se hacía
pis en la cama).
Desde
el 9 de febrero al 18 de marzo, una exposición en el KM
KULTURUNEA de Donostia (programazioa@kultura.gipuzkoa.net)
evoca la trayectoria del grupo. Y un libro que publica la editorial
Hiperión, escrito por Juan Manuel Díaz de Guereñu,
Cloc. Historias de Arte y Desarte (1978-1981), acaba por elevar
a aquellos provocadores a los altares contraculturales. Lo peor
de todo es que ahora no hay quien venga a reventarles los fastos,
ni nadie que amenace con despeinar el bisoñé a
esta nueva hornada de pelucones.
Juan Aguirre
Sorondo, escritor
Fotografías: Del libro de Juan Manuel Díaz de Guereñu
"Cloc: Historias de arte y desarte (1978-1981)" |