La molinería tradicional en el País Vasco
Miguel Sabino Díaz García
 

 

Introducción

Al igual que en el resto de la cornisa cantábrica, la configuración geográfica del País Vasco propició desde tiempos antiguos el desarrollo de una importante industria molinera.

Es a partir de los albores del siglo IX, época en la que aparecen las primeras referencias de molinos de agua en tierras de alavesas, cuando se multiplicará la existencia de este tipo de ingenios, apareciendo documentados a lo largo del siglo XI en Bizkaia y durante la centuria siguiente en Gipuzkoa.

En el transcurso del siglo XVII, con la introducción del cultivo del maíz y su rápida expansión, el número de molinos se acrecentará de manera considerable, repartiéndose por todos los rincones de la geografía vasca, alcanzando su mayor apogeo a lo largo del siglo XVIII.

La decadencia de estos ingenios cuyos primeros síntomas aparecerán en las postrimerías del siglo XIX, impuesta en parte por la industrialización, se acentuará de manera irreversible a lo largo del XX, salvedad hecha durante los años de postguerra, período caracterizado por el resurgimiento temporal de la actividad en estas industrias tradicionales.

Los molinos irán poco a poco parando sus piedras, siendo en aquellas zonas, en las que el desarrollo industrial no alcanzó el auge suficiente como para romper con el modo de vida tradicional, donde más tiempo se ha perpetuado la molienda.

En los tiempos que corren son ya muy pocos los molinos que mantienen su actividad tradicional y el resto de los que aún muestran algún vestigio de su existencia, medio ocultos por la vegetación y la maleza, se encuentran perdidos y olvidados por las riberas de los ríos. (VOLVER)

La explotación del molino

La actividad generada en los molinos conllevó a la ocupación artesanal de los molineros, hombres y mujeres encargados de la explotación y el funcionamiento de estas industrias tan arraigadas al medio agrícola rural.

Desde siglos pasados, en algunas comarcas de Araba y Bizkaia han existido molinos de propiedad comunal. A ellos acudían por turnos los vecinos para moler el grano de sus cosechas, no existiendo persona alguna que específicamente ejerciese este oficio. Modo este de explotación que todavía mediado el siglo XX realizaban los vecinos de Sojoguti, en Artzeniega (Araba), en el molino de su propiedad, restaurado a mediados de los años 90.

Sin embargo, desde tiempos antiguos, los molinos que no manejaban directamente sus propietarios, se han venido explotando por molineros que ejercían su oficio a cambio de unas rentas que, dependiendo de las zonas, pagaban en dinero o especie a los dueños. Molinos, en la mayoría de los casos, en poder de las clases más acomodadas que incluían este tipo de instalaciones en su patrimonio con el fin de obtener sustanciosos beneficios.

A lo largo del siglo XX parte de estos molinos fueron pasando por compra a la propiedad de los molineros que los manejaban. (VOLVER)

El oficio de molinero

El aprendizaje del oficio de molinero se iniciaba desde muy joven. Aprendizaje que habitualmente se ha venido realizando dentro del ámbito familiar. Así, los hijos del molinero, desde muy corta edad observaban y colaboraban en las labores menos costosas del molino, adquiriendo en un periodo más o menos corto de tiempo, los suficientes conocimientos como para dominar los principios fundamentales del manejo del molino; su puesta en funcionamiento, el punto de separación de las piedras, la regulación de la caída del grano al interior de éstas, etc.

Otras faenas como el picado de las piedras o el grado de humedad del maíz que los clientes llevaban al molino, requerían destreza y un cierto tiempo de práctica para realizarlas con perfección. (VOLVER)

La molienda

Tradicionalmente, el trabajo cotidiano del molinero no ofrece grandes dificultades, limitándose habitualmente a realizar las faenas rutinarias de la molienda.

Desde la introducción del maíz, salvo en las tradicionales zonas cerealistas de Araba, la molienda de este tipo de grano desplazó al trigo, tradicionalmente el más apreciado, superando con creces al resto de los cosechados en los caseríos. Mediado el siglo XX, época en la que la producción de los molinos está preferentemente orientada a la producción de pienso para la alimentación de los animales, la molienda de cebada sobrepasa a la del maíz, molturándose igualmente avena, centeno, algarroba, yeros, etc.

El molinero recoge el saco, sakue/talega/costal, que ha transportado el cliente con el grano al molino y lo pesa en la báscula, cobrando como pago por su trabajo una cantidad de dinero proporcional al peso del grano a moler, la laka/mendea/maquila/puñera. Antaño, era habitual que el molinero la cobrara en especie, utilizando para retirar la correspondiente porción de grano pequeños recipientes de madera que fueron cayendo en desuso a lo largo del siglo XX. Pago que tradicionalmente venía a ser equivalente al 10%, porcentaje que en estos últimos años encontramos incrementado hasta un 12% en el molino de Valdivián, en Galdames (Bizkaia).

Una vez que el grano se echa en la pikatxa/teborea/tolva, el molinero pone en movimiento la maquinaria del molino, levantando el uragea/la vara para que el agua golpee con fuerza los álabes del turtukoia/rodete. Este se pone en movimiento y por medio del ardatza/árbol/eje y otras piezas intermedias que componen el mecanismo de rotación del molino, transmite el giro a la piedra de arriba, gaiñeko-arrie/volandera, iniciándose la labor de la molienda.

En cuanto el molino se pone en marcha, el grano que está en la tolva se va depositando en la aspille/samea/canaleja y desde ésta, a través del ojo de la piedra volandera, cae al intersticio existente entre las dos muelas con ayuda del golpeteo de una pieza dentada, la karraka/cadillo. Poco a poco el grano se va triturando y refinando, saliendo la harina a través de un pequeño canal para depositarse en la askea/arca/harinero de donde el molinero la recogerá con la paleta para llenar las sacos.

Mientras la harina va cayendo al arca, el molinero conoce por el tacto su calidad. La manera más habitual consiste en coger entre los dedos una pequeña porción de la harina que cae al interior del arca y sobarla bien. Algunos molineros acostumbraban a coger un puñado de harina y apretarla fuertemente, siendo de excelente calidad cuando quedaba echo una bola, de lo contrario no tenía buena correa para amasar.

Desde el momento en que el molino se pone en funcionamiento, el molinero permanecerá atento a la labor de la molienda para que no falte el grano entre las muelas, a fin de evitar el desgaste que se produce por el rozamiento entre ambas piedras al trabajar en vacío. El buen molinero se aprecia de conocer por el ruido de las piedras cuando el grano está a punto de acabarse en la tolva. Sin embargo, algunos molineros a la hora de realizar esta labor utilizaron cencerros o campanillas, que colgaban de una cuerda ataba a una tabla cruzada sobre la parte superior de la tolva. Colocados próximos a la boca de salida de la misma, estaban cubiertos por el grano vertido en su interior, impidiendo éste su sonido. Cuando la cantidad de grano era de unos pocos kilos, quedaban al descubierto, comenzando a tintinear y avisando al molinero de la inmediata falta de grano en la tolva.

Durante la labor de la molienda, la molturación del maíz obliga al molinero a regular la separación existente entre las piedras, ya que tradicionalmente se viene produciendo dos tipos de harina. Una fina, destinada al consumo de las personas, elaborándose con ella pan, talo o morokil, y otra más basta utilizada para alimentar los animales del caserío.

Para ello, unas veces el molinero gira en una u otra dirección un pequeño torno, el altzabajea/tirantie/aliviadero, que desde la sala de molienda permite variar la separación existente entre las piedras, subiendo o bajando el nibelmaia/maie/puente, madero sobre el que se asienta la maquinaria de rotación. Otras veces regula la inclinación de la canaleja, dejando caer una mayor o menor cantidad de grano al interior de las piedras, pues con menos grano la molturación se hace más fina. (VOLVER)

Labores de mantenimiento y reparación

Años atrás, pese a que en las épocas de primavera y verano la actividad del molino era menor, las piedras no paraban de moler a lo largo del año. Unicamente la escasez de agua durante la época estival dejaba en suspenso la labor del molino.

Esta actividad propiciaba una serie de trabajos de mantenimiento, reparación o reposición de piezas averiadas o desgastadas por el trabajo constante del molino. De entre todas ellas, y por su importancia, destaca el picado de las piedras. A decir de algunos molineros, es a la hora de efectuar esta labor cuando se ve si al molinero le mueve la obligación o la vocación.

El trabajo del molino va desgastando los kanala/ozkak/rayones/ estrías labrados en la corona de las piedras, que sirven para tronzar y refinar el grano hasta convertirlo en harina, facilitar la salida de ésta hacia el exterior y, a la vez, llevar a cabo su ventilación. El molinero al picar las piedras corrige las desigualdades producidas en la corona y procede a labrar nuevamente los canales, pues el estado optimo de las muelas influye notablemente en la calidad de la harina producida. Faena que en función al trabajo del molino se llevaba a cabo con relativa frecuencia y que habitualmente realizaba el hombre. Solo en aquellos molinos manejados por la mujer se recurría a personas especializadas en este arte o a molineros de la familia. La excepción la encontramos en el molino de Molinar, en Carranza (Bizkaia), donde años atrás era la molinera, Begoña Calvo, quién picaba las piedras.

El picado de la piedra de abajo, azpiko-arrie/solera, se lleva a cabo, en el sitio. Sin embargo, para picar la de arriba hay que retirarla de su emplazamiento y voltearla, colocándola habitualmente sobre un caballete de madera. Para ello se utiliza el peskantea/pescante/tijera, un mástil giratorio con un brazo que lleva acoplando un husillo y del que se cuelgan las piedras. Sin embargo, en algunos molinos, hasta bien adentrado el siglo XX, esta tarea se realizaba manualmente.

El molinero, durante la labor de picar las piedras toma las precauciones necesarias, protegiendo principalmente los ojos y las manos, a fin de evitar las heridas producidas por las chispas o esquirlas que saltan al golpear la piedra con las picas. Antaño, para cortar la sangre de las pequeñas heridas producidas durante esta labor se echaba mano de las telarañas o del polvo de la harina sedimentado en la sala de molienda.

Los útiles que habitualmente se vienen utilizado para picar las piedras son algunas de las herramientas que tradicionalmente se han servido los canteros para labrar la piedra. Herramientas que habitualmente afilaba el molinero, llevándolas a estirar a las herrerías locales cuando tenían el corte muy desgastado.

Una labor temida por el molinero, la provocaba el maíz que los clientes llevaban al molino sin curar. Cuando éste recibía el grano se cercioraba que estaba bien seco, de no ser así, lo rechazaba. Si por un descuido el molinero echaba a moler el maíz un poco verde, el grano se pegaba a las piedras, formando una pasta que impedía el normal funcionamiento del molino, debiendo de pararse la labor de la molienda para evitar posibles desperfectos en la maquinaria de rotación. Antes de poner nuevamente el molino en funcionamiento había que limpiar bien las piedras, teniendo que levantar para ello la superior del sitio, dando lugar a la parada del molino durante un tiempo. Sin embargo, algunos molineros para ahorrar tiempo y esfuerzo, ponían nuevamente el molino en funcionamiento y echaban entre las piedras un puñado de maíz muy seco o de cáscaras de nuez, saliendo al exterior la pasta que se había formado.

En ciertas épocas del año, el molinero está obligado a realizar algunas labores de limpieza, principalmente durante el período otoñal, retirando de los calces y anteparas hojas, ramas o palos que pudieran obstruir el paso del agua hacia la parte inferior del edificio, donde está situada la maquinaria que pone en funcionamiento el molino

La experiencia acumulada en el manejo de este tipo de ingenios, no exenta de unos conocimientos básicos de carpintería, permitía a los propios molineros llevar a cabo la fabricación y reparación de las piezas de madera del molino. (VOLVER)

Los molineros

Desde tiempos inmemoriales, los molineros, que tradicionalmente han tenido una fama dudosa, han desempeñado un importante papel en la economía de las comunidades rurales. Su estatus económico ha estado claramente marcado por la rentabilidad del molino que han manejado.

Molino de Basinagre, Trucíos (Bizkaia)

Durante las primeras décadas del siglo XX fueron muchos los que tuvieron que recurrir a otras fuentes de ingresos con las que complementar los pobres beneficios que obtenían por su trabajo. En estos casos el hombre pasaba la mayor parte del día lejos del molino, trabajando en otros quehaceres, ocupándose la mujer de las labores del mismo.

Por el contrario, pasados estos años y hasta entrada la década de los años 60, el nivel económico fue más que aceptable, pasando por entonces a ser el oficio de molinero una ocupación rentable y segura.

Tiempos atrás, algunos molineros se encargaban de recorrer la zona, recogiendo el grano para moler y entregando la harina. Sin embargo, habitualmente han sido los clientes quienes conducían el grano al molino. En ocasiones, éstos dejaban los sacos con el grano para moler, volviendo tiempo después a recoger la harina, optando en otras por esperar en el molino. Durante esta espera se formaban animadas tertulias, donde los vecinos se intercambiaban noticias, comentarios, bulos y comidillas, esforzándose los molineros por mostrar su imparcialidad, manteniendo buenas relaciones con todos ellos para no perder la clientela habitual.

Molineros que en el discurrir de los años han sido los encargados de mantener vivo un oficio tan arraigado al mundo rural y a la arquitectura de un tipo de edificación que pobló numerosamente las riberas de ríos y arroyos. Oficio y arquitectura integrados en un patrimonio cultural heredado e irrepetible. (VOLVER)


BIBLIOGRAFIA

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MANTEROLA A.: (1984) "Industrias tradicionales en Zeanuri. I.Molinos harineros". Eusko Ikaskuntza. Cuadernos de Antropología-Etnografía 2. San Sebastián. 175-212.



Miguel Sabino Díaz García, miembro de la sección de Antropología de Eusko Ikaskuntza
Fotografía:
Miguel Sabino Díaz García

Euskonews & Media 104.zbk (2000-12-22 / 2001-1-5)


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