Introducción
Al
igual que en el resto de la cornisa cantábrica, la configuración
geográfica del País Vasco propició desde
tiempos antiguos el desarrollo de una importante industria molinera.
Es a partir de los albores del siglo
IX, época en la que aparecen las primeras referencias de
molinos de agua en tierras de alavesas, cuando se multiplicará
la existencia de este tipo de ingenios, apareciendo documentados
a lo largo del siglo XI en Bizkaia y durante la centuria siguiente
en Gipuzkoa.
En el transcurso del siglo XVII,
con la introducción del cultivo del maíz y su rápida
expansión, el número de molinos se acrecentará
de manera considerable, repartiéndose por todos los rincones
de la geografía vasca, alcanzando su mayor apogeo a lo
largo del siglo XVIII.
La decadencia de estos ingenios
cuyos primeros síntomas aparecerán en las postrimerías
del siglo XIX, impuesta en parte por la industrialización,
se acentuará de manera irreversible a lo largo del XX,
salvedad hecha durante los años de postguerra, período
caracterizado por el resurgimiento temporal de la actividad en
estas industrias tradicionales.
Los molinos irán poco a poco
parando sus piedras, siendo en aquellas zonas, en las que el desarrollo
industrial no alcanzó el auge suficiente como para romper
con el modo de vida tradicional, donde más tiempo se ha
perpetuado la molienda.
En los tiempos que corren son ya
muy pocos los molinos que mantienen su actividad tradicional y
el resto de los que aún muestran algún vestigio
de su existencia, medio ocultos por la vegetación y la
maleza, se encuentran perdidos y olvidados por las riberas de
los ríos. (VOLVER)
La explotación
del molino
La actividad generada en los molinos
conllevó a la ocupación artesanal de los molineros,
hombres y mujeres encargados de la explotación y el funcionamiento
de estas industrias tan arraigadas al medio agrícola rural.
Desde
siglos pasados, en algunas comarcas de Araba y Bizkaia han existido
molinos de propiedad comunal. A ellos acudían por turnos
los vecinos para moler el grano de sus cosechas, no existiendo
persona alguna que específicamente ejerciese este oficio.
Modo este de explotación que todavía mediado el
siglo XX realizaban los vecinos de Sojoguti, en Artzeniega (Araba),
en el molino de su propiedad, restaurado a mediados de los años
90.
Sin embargo, desde tiempos antiguos,
los molinos que no manejaban directamente sus propietarios, se
han venido explotando por molineros que ejercían su oficio
a cambio de unas rentas que, dependiendo de las zonas, pagaban
en dinero o especie a los dueños. Molinos, en la mayoría
de los casos, en poder de las clases más acomodadas que
incluían este tipo de instalaciones en su patrimonio con
el fin de obtener sustanciosos beneficios.
A lo largo del siglo XX parte de
estos molinos fueron pasando por compra a la propiedad de los
molineros que los manejaban. (VOLVER)
El oficio de
molinero
El aprendizaje del oficio de molinero
se iniciaba desde muy joven. Aprendizaje que habitualmente se
ha venido realizando dentro del ámbito familiar. Así,
los hijos del molinero, desde muy corta edad observaban y colaboraban
en las labores menos costosas del molino, adquiriendo en un periodo
más o menos corto de tiempo, los suficientes conocimientos
como para dominar los principios fundamentales del manejo del
molino; su puesta en funcionamiento, el punto de separación
de las piedras, la regulación de la caída del grano
al interior de éstas, etc.
Otras faenas como el picado de las
piedras o el grado de humedad del maíz que los clientes
llevaban al molino, requerían destreza y un cierto tiempo
de práctica para realizarlas con perfección. (VOLVER)
La molienda
Tradicionalmente, el trabajo cotidiano
del molinero no ofrece grandes dificultades, limitándose
habitualmente a realizar las faenas rutinarias de la molienda.
Desde
la introducción del maíz, salvo en las tradicionales
zonas cerealistas de Araba, la molienda de este tipo de grano
desplazó al trigo, tradicionalmente el más apreciado,
superando con creces al resto de los cosechados en los caseríos.
Mediado el siglo XX, época en la que la producción
de los molinos está preferentemente orientada a la producción
de pienso para la alimentación de los animales, la molienda
de cebada sobrepasa a la del maíz, molturándose
igualmente avena, centeno, algarroba, yeros, etc.
El molinero recoge el saco, sakue/talega/costal,
que ha transportado el cliente con el grano al molino y lo pesa
en la báscula, cobrando como pago por su trabajo una cantidad
de dinero proporcional al peso del grano a moler, la laka/mendea/maquila/puñera.
Antaño, era habitual que el molinero la cobrara en especie,
utilizando para retirar la correspondiente porción de grano
pequeños recipientes de madera que fueron cayendo en desuso
a lo largo del siglo XX. Pago que tradicionalmente venía
a ser equivalente al 10%, porcentaje que en estos últimos
años encontramos incrementado hasta un 12% en el molino
de Valdivián, en Galdames (Bizkaia).
Una vez que el grano se echa en la
pikatxa/teborea/tolva, el molinero pone en
movimiento la maquinaria del molino, levantando el uragea/la
vara para que el agua golpee con fuerza los álabes
del turtukoia/rodete. Este se pone en movimiento
y por medio del ardatza/árbol/eje
y otras piezas intermedias que componen el mecanismo de rotación
del molino, transmite el giro a la piedra de arriba, gaiñeko-arrie/volandera,
iniciándose la labor de la molienda.
En cuanto el molino se pone en marcha,
el grano que está en la tolva se va depositando en la aspille/samea/canaleja
y desde ésta, a través del ojo de la piedra
volandera, cae al intersticio existente entre las dos muelas con
ayuda del golpeteo de una pieza dentada, la karraka/cadillo.
Poco a poco el grano se va triturando y refinando, saliendo la
harina a través de un pequeño canal para depositarse
en la askea/arca/harinero de donde el molinero
la recogerá con la paleta para llenar las sacos.
Mientras la harina va cayendo al
arca, el molinero conoce por el tacto su calidad. La manera más
habitual consiste en coger entre los dedos una pequeña
porción de la harina que cae al interior del arca y sobarla
bien. Algunos molineros acostumbraban a coger un puñado
de harina y apretarla fuertemente, siendo de excelente calidad
cuando quedaba echo una bola, de lo contrario no tenía
buena correa para amasar.
Desde
el momento en que el molino se pone en funcionamiento, el molinero
permanecerá atento a la labor de la molienda para que no
falte el grano entre las muelas, a fin de evitar el desgaste que
se produce por el rozamiento entre ambas piedras al trabajar en
vacío. El buen molinero se aprecia de conocer por el ruido
de las piedras cuando el grano está a punto de acabarse
en la tolva. Sin embargo, algunos molineros a la hora de realizar
esta labor utilizaron cencerros o campanillas, que colgaban de
una cuerda ataba a una tabla cruzada sobre la parte superior de
la tolva. Colocados próximos a la boca de salida de la
misma, estaban cubiertos por el grano vertido en su interior,
impidiendo éste su sonido. Cuando la cantidad de grano
era de unos pocos kilos, quedaban al descubierto, comenzando a
tintinear y avisando al molinero de la inmediata falta de grano
en la tolva.
Durante la labor de la molienda,
la molturación del maíz obliga al molinero a regular
la separación existente entre las piedras, ya que tradicionalmente
se viene produciendo dos tipos de harina. Una fina, destinada
al consumo de las personas, elaborándose con ella pan,
talo o morokil, y otra más basta utilizada para alimentar
los animales del caserío.
Para ello, unas veces el molinero
gira en una u otra dirección un pequeño torno, el
altzabajea/tirantie/aliviadero, que desde
la sala de molienda permite variar la separación existente
entre las piedras, subiendo o bajando el nibelmaia/maie/puente,
madero sobre el que se asienta la maquinaria de rotación.
Otras veces regula la inclinación de la canaleja, dejando
caer una mayor o menor cantidad de grano al interior de las piedras,
pues con menos grano la molturación se hace más
fina. (VOLVER)
Labores de
mantenimiento y reparación
Años atrás, pese a
que en las épocas de primavera y verano la actividad del
molino era menor, las piedras no paraban de moler a lo largo del
año. Unicamente la escasez de agua durante la época
estival dejaba en suspenso la labor del molino.
Esta actividad propiciaba una serie
de trabajos de mantenimiento, reparación o reposición
de piezas averiadas o desgastadas por el trabajo constante del
molino. De entre todas ellas, y por su importancia, destaca el
picado de las piedras. A decir de algunos molineros, es a la hora
de efectuar esta labor cuando se ve si al molinero le mueve la
obligación o la vocación.
El
trabajo del molino va desgastando los kanala/ozkak/rayones/
estrías labrados en la corona de las piedras, que sirven
para tronzar y refinar el grano hasta convertirlo en harina, facilitar
la salida de ésta hacia el exterior y, a la vez, llevar
a cabo su ventilación. El molinero al picar las piedras
corrige las desigualdades producidas en la corona y procede a
labrar nuevamente los canales, pues el estado optimo de las muelas
influye notablemente en la calidad de la harina producida. Faena
que en función al trabajo del molino se llevaba a cabo
con relativa frecuencia y que habitualmente realizaba el hombre.
Solo en aquellos molinos manejados por la mujer se recurría
a personas especializadas en este arte o a molineros de la familia.
La excepción la encontramos en el molino de Molinar, en
Carranza (Bizkaia), donde años atrás era la molinera,
Begoña Calvo, quién picaba las piedras.
El picado de la piedra de abajo,
azpiko-arrie/solera, se lleva a cabo, en el sitio.
Sin embargo, para picar la de arriba hay que retirarla de su emplazamiento
y voltearla, colocándola habitualmente sobre un caballete
de madera. Para ello se utiliza el peskantea/pescante/tijera,
un mástil giratorio con un brazo que lleva acoplando un
husillo y del que se cuelgan las piedras. Sin embargo, en algunos
molinos, hasta bien adentrado el siglo XX, esta tarea se realizaba
manualmente.
El molinero, durante la labor de
picar las piedras toma las precauciones necesarias, protegiendo
principalmente los ojos y las manos, a fin de evitar las heridas
producidas por las chispas o esquirlas que saltan al golpear la
piedra con las picas. Antaño, para cortar la sangre de
las pequeñas heridas producidas durante esta labor se echaba
mano de las telarañas o del polvo de la harina sedimentado
en la sala de molienda.
Los útiles que habitualmente
se vienen utilizado para picar las piedras son algunas de las
herramientas que tradicionalmente se han servido los canteros
para labrar la piedra. Herramientas que habitualmente afilaba
el molinero, llevándolas a estirar a las herrerías
locales cuando tenían el corte muy desgastado.
Una
labor temida por el molinero, la provocaba el maíz que
los clientes llevaban al molino sin curar. Cuando éste
recibía el grano se cercioraba que estaba bien seco, de
no ser así, lo rechazaba. Si por un descuido el molinero
echaba a moler el maíz un poco verde, el grano se pegaba
a las piedras, formando una pasta que impedía el normal
funcionamiento del molino, debiendo de pararse la labor de la
molienda para evitar posibles desperfectos en la maquinaria de
rotación. Antes de poner nuevamente el molino en funcionamiento
había que limpiar bien las piedras, teniendo que levantar
para ello la superior del sitio, dando lugar a la parada del molino
durante un tiempo. Sin embargo, algunos molineros para ahorrar
tiempo y esfuerzo, ponían nuevamente el molino en funcionamiento
y echaban entre las piedras un puñado de maíz muy
seco o de cáscaras de nuez, saliendo al exterior la pasta
que se había formado.
En ciertas épocas del año,
el molinero está obligado a realizar algunas labores de
limpieza, principalmente durante el período otoñal,
retirando de los calces y anteparas hojas, ramas o palos que pudieran
obstruir el paso del agua hacia la parte inferior del edificio,
donde está situada la maquinaria que pone en funcionamiento
el molino
La experiencia acumulada en el manejo
de este tipo de ingenios, no exenta de unos conocimientos básicos
de carpintería, permitía a los propios molineros
llevar a cabo la fabricación y reparación de las
piezas de madera del molino. (VOLVER)
Los molineros
Desde tiempos inmemoriales, los
molineros, que tradicionalmente han tenido una fama dudosa, han
desempeñado un importante papel en la economía de
las comunidades rurales. Su estatus económico ha estado
claramente marcado por la rentabilidad del molino que han manejado.
| Molino
de Basinagre, Trucíos (Bizkaia) |
Durante las primeras décadas
del siglo XX fueron muchos los que tuvieron que recurrir a otras
fuentes de ingresos con las que complementar los pobres beneficios
que obtenían por su trabajo. En estos casos el hombre pasaba
la mayor parte del día lejos del molino, trabajando en
otros quehaceres, ocupándose la mujer de las labores del
mismo.
Por el contrario, pasados estos años
y hasta entrada la década de los años 60, el nivel
económico fue más que aceptable, pasando por entonces
a ser el oficio de molinero una ocupación rentable y segura.
Tiempos atrás, algunos
molineros se encargaban de recorrer la zona, recogiendo el grano
para moler y entregando la harina. Sin embargo, habitualmente
han sido los clientes quienes conducían el grano al molino.
En ocasiones, éstos dejaban los sacos con el grano para
moler, volviendo tiempo después a recoger la harina, optando
en otras por
esperar en el molino. Durante esta espera se formaban animadas
tertulias, donde los vecinos se intercambiaban noticias, comentarios,
bulos y comidillas, esforzándose los molineros por mostrar
su imparcialidad, manteniendo buenas relaciones con todos ellos
para no perder la clientela habitual.
Molineros que en el discurrir
de los años han sido los encargados de mantener vivo un
oficio tan arraigado al mundo rural y a la arquitectura de un
tipo de edificación que pobló numerosamente las
riberas de ríos y arroyos. Oficio y arquitectura integrados
en un patrimonio cultural heredado e irrepetible. (VOLVER)
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Eusko Ikaskuntza. Cuadernos de Antropología-Etnografía
2. San Sebastián. 175-212.
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Miguel Sabino Díaz García,
miembro de la sección de Antropología de Eusko Ikaskuntza
Fotografía: Miguel Sabino
Díaz García |