A lo largo de este artículo vamos a situarnos en las primeras décadas del siglo XX en los poblados mineros de los Montes de Triano que alojaron a los grandes contingentes de hombres y de mujeres que se acercaron a Vizcaya atraídos por la expectativa de trabajo en las minas de hierro. Vamos a argumentar que las mujeres de los poblados mineros apostaron por la creación de hogares extensos, cohesionados y gestionados por ellas mismas. En aquel contexto se desarrolló un modelo de identidad femenina fuerte, capaz de trascender los ideales de género de la domesticidad de clase media y vinculado a un modelo de feminidad popular arraigada en la tradición. Llamaremos a este modelo femenino la mujer fuerte.
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Triano, Abanto Zierbena (Bizkaia) y zona minera. |
En el contexto minero la supervivencia requería del trabajo de toda la unidad familiar. El padre se empleaba en la mina y trabajaba jornadas de sol a sol a cambio de un sueldo que no garantizaba la subsistencia de la familia. En el caso de la madre, la única posibilidad de obtener recursos, dadas las condiciones de absoluta masculinización del mercado de trabajo minero, era el hospedaje de peones en la propia casa y la realización de labores interinas de servicio doméstico, sobre todo lavar “para afuera”. Elisa1 recuerda bien la importancia de esas dos fuentes de ingresos la paterna y la materna: “La vida de un minero -rememora Elisa-. No ganaban nada, una miseria. Mi padre siete duros a la semana, de plata ¿eh?, que eran cinco pesetas cada duro. ¿Qué podríamos comer?... Pero nunca pasamos hambre... el pan no nos faltaba. Yo sé que en mi casa se compraban diez panes de dos kilos, eran diez kilos y el panadero venía cada dos días, o sea, cinco kilos cada día de pan comíamos... En la mesa siempre hemos estado ocho hermanos, ellos dos diez y cuatro posaderos. Eran mineros que venían sin familia, unos hacían la temporada y otros pues hicieron sus vidas aquí. Los posaderos le pagaban a mi madre cuatro pesetas por dormir y lavarles la ropa. Luego la manutención, que también comían en casa, se la pagarían aparte”2. Este relato destaca la labor del pupilaje, sobre todo como fuente de ingresos monetarios, pero también como apoyo importante a la hora de afrontar la subsistencia cotidiana.
La prole, además, era considerada una riqueza. Prevalecía en la familia obrera una actitud de desafío a la adversidad y a la dureza de sus condiciones de vida, desde la convicción de que la abundancia de hijos/as era la manera única de elevarse por encima de las condiciones de subsistencia. Ciertamente, los hijos/as constituían los fundamentos de una red familiar extensa que garantizaba, tanto los apoyos necesarios para enfrentarse a los avatares de la vida, como una fuerza de trabajo, que unida, podía incrementar el bienestar y la seguridad del grupo familiar. Los hijos/as, pues, no eran vistos como una carga sino como una ayuda a la hora de compartir el peso de la lucha por la supervivencia.
Pero no solamente era importante el número de hijos/as, sino que era también imprescindible la buena gestión de todo el potencial que aquellos representaban. La madre jugaba el papel fundamental, tanto como gestora de los recursos que se obtenían de las labores realizadas con el concurso de todos, como en su rol de organizadora que distribuía en diferentes tareas la capacidad de trabajo que representaban los hijos e hijas, cada uno marcado por la especificidad de su edad y de su sexo.
La organización de las tareas respondía a una estricta división sexual del trabajo. Así, los chicos tenían acceso a un mercado de trabajo informal y desde pequeños trabajaban haciendo recados como pinches de oficina antes de incorporarse a la mina a los catorce años. Las chicas, por su parte, realizaban todo el conjunto de tareas asociadas a la casa, como lavar y remendar la ropa de todos, incluida la de los peones, fregar, limpiar, arenar los suelos y llevar la comida a la mina. La madre atendía el fuego en la cocina y preparaba el cocido diario y la comida para los huéspedes. Pero en este singular reparto de tareas había todo un conjunto de labores, que no estaban ya estrechamente unidas a lo doméstico y que, sin embargo, caían del lado femenino. Estos eran trabajos fuertes como cortar la leña, traer la escarabilla3, atender la cuadra y cuidar de la huerta. Todos estos trabajos eran precisamente los trabajos duros que realizaba Elisa.
Los relatos de la memoria de Elisa describen el rigor y la dureza de todas aquellas labores y dan seña de las huellas emocionales que le dejaron y que forjaron su carácter. “Según fuimos saliendo íbamos arreando a la casa …-comenta Elisa- Yo he sido la que más ha trabajado en todo… porque mis hermanas salieron de otra manera. Pero yo, yo he hecho de todo. He ido al monte a cortar pinos con hacha, con hacha. Hoy les suelo decir a mis hijas, cuando veo en las plazas de las fiestas que cortan el pino: <¡Me cagüen la leche!, si llega a haber esto de los haizkolaris (cortadores de troncos) en mis tiempos les gano yo a ésos> (se ríe).… Madrugaba yo mucho. A mí el sol… Yo he visto toda la vida salir el sol. Yo, el sol me ha pillado en la calle cuando ha nacido, siempre (asiente)”4.
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Huelgas mineras de julio de 1910. Obreros de las minas de Triano (Bizkaia), en las cercanías de la estación vieja de Ortuella, esperando cobrar sus jornales. |
A través de la subjetividad de este relato de Elisa podemos observar que se sentía orgullosa de su carácter decidido y luchador. Su identidad resuelta le permitía llevar a cabo un tipo de tareas que brindaban a su familia bienestar. En efecto, gracias a la incesante labor de Elisa había abundancia de leña y carbón. El calor y el fuego convertían la casa en un auténtico hogar. La experiencia de la comodidad y el confort eran un elemento importante porque situaba al grupo familiar más allá del límite de la subsistencia. Finalmente, podemos ver que Elisa consideraba su fuerza física como un don que le permitía cumplir el otro conjunto de tareas, las relacionadas con la huerta y con los animales. El resultado de estas labores era la obtención de alimentos con los que completar y mejorar la dieta de la familia o la obtención de ingresos extra gracias a la venta de los huevos y de la leche. Los beneficios obtenidos con estos trabajos favorecían el bienestar de la familia y alejaban a ésta del fantasma del hambre y de la frontera de la supervivencia.
La realización de estos trabajos por parte de Elisa nos permite evaluar la capacidad de adaptación de la familia obrera a los imperativos de la supervivencia. Ciertamente, en el medio minero se desarrolló un modelo de identidad femenina, la mujer fuerte, que realizaba múltiples trabajos informales y que gestionaba, tanto el potencial de trabajo de todos los componentes de la unidad familiar, como los recursos que se obtenían con el concurso de todos.
Se producía, así, en las familias mineras la persistencia de unos valores de género que no cuestionaban la realización por parte de las mujeres de los trabajos duros. De hecho, Elisa se sentía reafirmada tanto en sus cualidades físicas y morales como en la trascendencia de las tareas que tenía asignadas. Elisa veía reconocido, desde su entorno más inmediato, el valor cualitativo de su trabajo y se sentía –según sus propias palabras- “la llave de la casa”.
El arraigo de este modelo de mujer fuerte hizo prolongar la vitalidad de elementos de la feminidad tradicional en la clase obrera, en el contexto de una sociedad en pleno proceso de desarrollo industrial. Así, el carácter fuerte de Elisa, más que sus cualidades domésticas, la convirtió en la candidata ideal para sustituir a la madre en la gestión del hogar. Sus cualidades resultaban más valiosas para gobernar una casa en la que transcurría la vida de catorce personas, que las cualidades domésticas de sus otras hermanas. La memoria de Elisa se hace testigo de aquella cesión: “A última hora ya mi madre –recuerda Elisa-, en cuanto yo empecé a valer un poco más, ya me decía: <Toma, toma la paga del padre entera. Gobiérnala tú que sabes mejor que yo>, me decía… Ya se desentendía de todas las cosas”5.
La madre reconocía, de este modo, la necesidad de ser fuerte y de tener autoridad para poder mantener la cohesión de la red familiar, que ella misma había construido. El modelo óptimo de mujer para organizar un núcleo familiar extenso y para salir adelante en un contexto de subsistencia resultaba ser, a los ojos de la madre, el de una mujer, como Elisa, una mujer fuerte que incorporaba en su identidad una serie de cualidades como el autosacrificio, la voluntad de servicio a la familia, el trabajo y la fortaleza física.
La identidad de las mujeres de las clases trabajadoras estuvo marcada por este modelo de mujer fuerte, sacrificada y servicial, madre de numerosos hijos/as y con energía inagotable para trabajar por la familia. La capacidad de organización de un hogar obrero en condiciones de subsistencia, así como la gestión de la pobreza y la sabiduría para afrontar la adversidad, fueron reconocidas como un gran valor por los componentes de la familia, y la mujer responsable de todo ello merecedora de reconocimiento. Este modelo de mujer fuerte constituyó, a su vez, un elemento de dignificación y de afirmación de respetabilidad en el complejo proceso de construcción de la identidad de clase obrera.
Esta investigación se ha realizado en el marco de los siguientes proyectos de investigación: “La identidad de las mujeres de clase trabajadora en Bilbao 1919-1939”, dirigido por Frances Lannon (Oxford University) y financiado por el Gobierno Vasco y “La construcción histórica de la identidad y de la diferencia en el País Vasco: género, clase y nacionalidad (1876-1976)”, financiado por la DIGICYT, código BHA2002-03880, 2002-2005.
1 Elisa nació en 1915 en el seno de una familia que se había constituido durante la primera década del siglo pasado. La madre había llegado a La Arboleda procedente de Burgos en los albores del siglo, a la edad de trece años; el padre vino algo mayor, con veinte años, también de Burgos.
2 Elisa Andrés entrevista I, 12-11-2002. Diez panes de dos kilos serían veinte kilos de pan, no diez. Creemos que el consumo serían diez panes de un kilo cada dos días. Los estudios de Pilar Pérez Fuentes sobre el pupilaje en las minas plantean que el porcentaje de salario que representaría el dinero entregado a la patrona por parte del peón sería, entre el 17% en 1900 y 26% en 1913. Esta cifra es un poco más elevada que la que ha quedado grabada en la memoria de Elisa. Pilar Pérez Fuentes coincide en subrayar la importancia de los ingresos obtenidos por el pupilaje para garantizar la supervivencia de la familia minera, en Pérez Fuentes, Pilar, Vivir y Morir en las minas. Estrategias familiares y relaciones de género en la primera industrialización vizcaína: 1877-1913, Universidad del País Vasco, Bilbao, 1993.
3 Son residuos de carbón que quedan en los alrededores de los hornos de calcinación del hierro y que la población recoge para uso doméstico.
4 Elisa Andrés, entrevista I, 12-11-2002.
5 Elisa Andrés, entrevista II, 4-2-2003.
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