Teresa
Agirreazaldegi, miembro del Seminario de Biblioteconomía Joana-Albret
y profesora de la UPV/EHU
Traducción: Koro Garmendia
Jatorrizko bertsioa euskaraz
La biblioteca probablemente sea uno de los equipamientos culturales y educativos más antiguos y extendidos que existen. Sin embargo, no es algo único; las hay de diversos tipos. Las bibliotecas nacionales, por ejemplo, además de elaborar la bibliografía de un país, constituyen la base sobre la que se asienta todo el sistema bibliotecario; las bibliotecas públicas, en cambio, responden al derecho de los ciudadanos a acceder a la cultura, y se encuentran bajo la tutela de las instituciones públicas; las bibliotecas universitarias son el soporte de la investigación y de la enseñanza superior; las bibliotecas escolares deben desempeñar un importante papel en la formación de los estudiantes y en la pedagogía del profesorado. También están las bibliotecas y servicios de documentación de entidades específicas, creadas para satisfacer las necesidades de información dichos organismos; y las bibliotecas y servicios de documentación especializados, bien por estar enfocados hacia una temática concreta, bien por dirigirse a un público muy definido.
Las bibliotecas y los servicios de documentación se cimentan sobre estos dos pilares: las colecciones y los servicios. Es decir, por un lado, la riqueza e idoneidad de sus fondos; y por otro, su capacidad de adaptación a las necesidades de los usuarios. El eje central del servicio bibliotecario lo constituye el catálogo, esto es, la colección de fichas que recogen la descripción, clasificación e indización de cada libro, constituyendo la clave fundamental para poder encontrarlo. Establecer una normativa en esta actividad ha sido, sin duda, una de las principales preocupaciones y también uno de los logros de los organismos bibliotecarios del siglo XX. Una vez conseguida la normalización en la descripción, el siguiente paso ha sido la informatización de los catálogos; de modo que el conjunto de información que antes se recogía en pequeñas cartulinas se ha convertido en una base de datos de referencias. Las redes y, sobre todo, Internet ofrecen la posibilidad de consultar tales catálogos a distancia.
Todo lo apuntado, sin embargo, no ha sido más que el principio de una gran revolución; revolución que conseguirá unir colecciones y servicios. Ya en la actualidad, las bibliotecas albergan no sólo libros, diarios y revistas, sino también informes, discos, CD-ROMs, vídeos, disquetes y otra serie de materiales. El mayor de los cambios, sin embargo, se está produciendo en el campo de la digitalización del conocimiento; es decir, en los contenidos que pasarán a gestionarse exclusivamente en formato digital. Poco a poco se está descomponiendo esa idea de unión inseparable entre información y soporte; y su correspondencia con una localización física concreta. Este proceso se puede ver claramente en los servicios de documentación de los periódicos, en los que toda la información de la que disponen, así como la mayoría que les llega desde el exterior, es recogida, seleccionada, analizada, almacenada, reutilizada y distribuida en formato digital. Los servicios de documentación de las radios y televisiones están siguiendo el mismo camino.
Existen numerosas definiciones sobre la biblioteca digital, partiendo de sus características, funciones o componentes. Tramullas propone la siguiente: “Una biblioteca digital es un sistema de tratamiento técnico, acceso y transferencia de información digital, estructurado alrededor del ciclo de vida de una colección de documentos digitales, sobre los cuales se ofrecen servicios interactivos de valor añadido para el usuario final”1.
El tema de las bibliotecas digitales ha acaparado la atención y la implicación de los profesionales, como bien demuestra la sede web de la prestigiosa federación IFLA (International Federation of Library Associations and Institutions). Ha sido, asimismo, el objeto de estudio de numerosos cursos y congresos (el más reciente, las IV Jornadas sobre Bibliotecas Digitales2, celebradas en Alicante del 10 al 12 de noviembre). También ha despertado el interés de la propia sociedad; basta con echar una mirada a la cantidad de recursos y subcategorías de las que consta el concepto de Digital Libraries de los conocidos directorios de Internet Yahoo u Open Directory Project (congresos, literatura electrónica, tesis electrónicas, metadatos, entidades y proyectos, además de colecciones, en el primero; y desarrollo de las bibliotecas digitales, archivos de textos digitales, recursos de libre acceso, archivos de publicaciones científicas, libros-e y compras: publicaciones: digitales, en el segundo caso).
Son muchas las nuevas bibliotecas formadas por colecciones de documentos digitales, y que carecen de estructura física; también es elevado el número de guías y directorios de documentos y sedes web, de carácter general o especializado, disponibles en Internet. Las bibliotecas tradicionales, por su parte, digitalizan sus patrimonios históricos y los ponen en la red para, de esta forma, contribuir a su conservación y divulgación. Asimismo están en proceso de digitalización obras literarias conocidas y que carecen de copyright, de las que podemos encontrar en Internet hermosas colecciones (por ejemplo, Gallica; Athena; Biblioteca virtual Miguel de Cervantes; e Internet Public Library: Books).
Detrás de muchos de estos grandes proyectos se encuentran bibliotecas nacionales y universidades. En lo que se refiere a la enseñanza superior, la digitalización comenzó por la forma de consulta de las revistas científicas. De la mano de las grandes empresas editoras y distribuidoras, muchas revistas científicas y diferentes bases de datos son accesibles a través de las Intranets universitarias o de Internet, ofreciendo además, miles y miles de documentos en texto íntegro. El excesivo coste de tales suscripciones, sin embargo, ha reavivado la polémica. En diferentes foros se hace un llamamiento para que los resultados de las investigaciones sean difundidos a través de medios de libre acceso (open access). En este sentido, notables actores europeos dedicados a la investigación, sobre todo alemanes (Instituto Max Planck y Fundación Alemana para la Investigación) y franceses (CNRS e INSERM), suscribieron el 22 de octubre en Berlín un manifiesto a favor del libre acceso a la información científica y técnica3. En Estados Unidos, esta es la postura que defienden la ARL (Association of Research Libraries) y la SPARC (The Scholarly Publishing and Academic Resources Coalition). Asimismo, el proyecto de ley "Public Access to Science Act", presentado en el Congreso norteamericano, tiene por objeto incluir los resultados de las investigaciones financiadas con capital público entre los bienes de dominio público.
Como se puede observar por lo anteriormente expuesto, Internet es esencialmente contenidos. Y los bibliotecarios y documentalistas, junto con otra serie de profesionales, son gestores de esa industria de contenidos. En estas circunstancias, las bibliotecas se están encaminando hacia un modelo híbrido, que gravita sobre un catálogo informatizado, integrado, a su vez, en catálogos colectivos que, por medio de protocolos como el Z39.50, nos conducirán hacia una biblioteca sin paredes. El catálogo proporcionará acceso a referencias y textos completos de ciertos documentos, incluyendo fondos propios. A los bibliotecarios les corresponderá organizar y catalogar tales medios, y facilitar el acceso al mundo físico y virtual.
¿Y qué hay de Euskal Herria? A decir verdad, estamos muy atrasados en este tema. No se ha puesto en marcha ninguna política bibliotecaria. Y la situación actual se caracteriza por la dispersión, la falta de planificación, las dificultades en lo que respecta a la formación y la escasez de medios.
En primer lugar, tenemos la imperiosa necesidad de disponer de un catálogo colectivo -de incuestionable calidad y en las lenguas oficiales de nuestro país- que reúna el patrimonio de las bibliotecas de Euskal Herria. En lo que respecta al plurilingüismo, deberíamos aprovechar las experiencias de las bibliotecas Azkue, Habe, Koldo Mitxelena o Mondragon Unibertsitatea, y aprender del buen hacer de otras bibliotecas internacionales, como por ejemplo la Bibliothèque Royal de Bélgica.
Otra necesidad apremiante es la elaboración de la bibliografía nacional de Euskal Herria; una bibliografía que recopile cuanto se publica en Euskal Herria y sobre ella. Desde esta perspectiva el registro del depósito legal resulta insuficiente, y habría que avanzar en la dirección marcada por Joan Mari Torrealdai y Jon Bilbao. Hay que recopilar y difundir las bases para la investigación y los resultados de la misma. En este sentido, se acusa la falta de proyectos del tipo de Catàleg de Tesis Doctorals de Catalunya (dentro del Ndltd internacional), o la extensión de iniciativas como la base de datos sobre los trabajos de investigación realizados en euskera, elaborada por UEU (Inguma. Euskal Komunitate Zientifikoaren Datu-basea). Consideramos, además, que también nuestras instituciones públicas debieran involucrarse en la iniciativa de libre acceso (open access).
Necesitamos colecciones hemerográficas formadas desde la óptica de Euskal Herria, así como proyectos destinados a asegurar su explotación y conservación. Urge definir las políticas de digitalización de fondos de las bibliotecas, de modo que se garantice la conservación y divulgación del patrimonio. Sin olvidar que, hoy en día, buena parte de la información discurre exclusivamente por los cauces de Internet, de modo que convendría recurrir, antes de que fuera demasiado tarde, a los conocimientos de la archivística para almacenar todo ese conjunto de información correctamente.
Señalemos también, que va siendo hora de considerar a las bibliotecas públicas como infraestructuras de primer orden para la promoción de la cultura, la educación y el ocio. Cabe exigirles que ofrezcan un servicio bilingüe, que alberguen ricas colecciones locales y que se comprometan con los diferentes sectores sociales. Y para conseguirlo, se les debe asegurar una suficiente dotación de medios económicos (para comprar colecciones y mejorar las condiciones de trabajo) y técnicos (de modo que una agencia centralice las labores de catalogación), así como formación para sus trabajadores.
Mas todo ello nunca llegará a suceder si cada entidad y biblioteca sigue actuando por su propia cuenta. Es primordial crear entre las bibliotecas una o varias redes sólidas, por encima de las cuales se sitúe una entidad autónoma y consolidada, que marque las pautas estratégicas, políticas y técnicas a seguir, y que cuente con suficientes recursos y aceptación social. Algunos le llamamos a esto Biblioteca Nacional.
Otro factor de máxima relevancia a tener en cuenta para poner fin a la situación actual es la educación. En Euskal Herria no hay estudios universitarios de biblioteconomía, documentación y archivística, por lo que la juventud que desea recibir una formación en dichos campos se ve obligada a salir fuera, lo cual ya supone un obstáculo. Pero es que, además, las sinergias y la investigación que producen los estudios universitarios son absolutamente necesarias para asegurar la sólida y continua formación que requieren, de los profesionales, las nuevas tecnologías. Basta con echar un vistazo a Cataluña para percatarse de la importancia que este aspecto reviste.
1 Tramullas Saz, Jesús. “Propuestas de concepto y definición de la biblioteca digital”. In III Jornadas de Bibliotecas Digitales (JBIDI 2002).
2JBIDI 2003. Para consultar los informes de las citadas jornadas: III Jornadas de Bibliotecas Digitales. JBIDI 2002 .
3Conference on Open Access to Knowledge in the Sciences and Humanities, 20 - 22 Oct 2003, Berlin.
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